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El cambio climático es un hecho. Las temperaturas
suben y las precipitaciones bajan. ¿Qué
le espera a la producción agropecuaria? Según
un grupo de expertos, dado el inicio del ciclo de
seca que durará varios años, es fundamental
adaptar la actividad a los nuevos parámetros.
El ambiente y la productividad lo reclaman.
Publicación
ECO (La Pampa -
Argentina). En los últimos diez años
se ha pasado de estar inundados a estar en una sequía
extrema” dice una productora agrícola
ganadera y de tambo de la zona de Anguil. Contó
que hoy no se pueden hacer reservas y que los animales
van comiendo lo que hay en el momento. “Estamos
racionalizando y distribuimos de acuerdo a la necesidad“,
agrega.
El
fenómeno del cambio climático proyecta
escenarios, para los próximos años,
de incrementos en la concentración de dióxido
de carbono (CO2), elevación de las temperaturas
y cambios en las precipitaciones.
Además,
según registros estadísticos, crónicas
históricas y estudios dentro-cronológicos
(los anillos de los árboles), existen ciclos
de lluvias con fases húmedas y secas sucesivas
que duran aproximadamente 40 a 50 años. De
acuerdo a los cálculos, estaríamos ingresando
en una nueva etapa de sequía.
Estos dos fenómenos en simultáneo se
retroalimentan, hacen a nuestra región semiárida
más sensible a los procesos de degradación
e impactan en los sistemas de producción.
Agua
En
Argentina, el Registro Meteorológico Nacional
se inició en el año 1872, durante la
presidencia de Sarmiento. Hoy, otros organismos poseen
también estaciones de relevamiento y muchas
de ellas automáticas. Pero la información
es nueva si se tienen en cuenta los miles de años
de “vida” que tiene la tierra.
“Las
cartas de lluvias del servicio meteorológico
que van desde 1910 o 1920 hasta el 50, muestran un
trazado de isohieta; en las que van del 61 al 2000,
la línea de lluvia se corre al oeste”,
explicó Guillermo Casagrande,
de la Cátedra de Climatología y Tecnología
Agrícola de la Facultad de Agronomía
(Universidad de La Pampa - Arg.)
Actualmente,
las zonas húmedas de Buenos Aires y la pradera
pampeana del este atraviesan una sequía como
no habían tenido en los últimos 50 años.
“Molinos
y bombas que no registraban antecedentes de quedarse
sin agua se están secando. Las recargas de
los acuíferos se modifican. Uno podría
esperar cambios en el balance hídrico de las
cuencas”, mencionó Alberto Quiroga,
investigador del INTA (Instituto Nacional de Tecnología
Agropecuaria - Arg.) y especialista en suelo.
Cambio
climático
Las cartas agroclimáticas, que describen precipitación,
temperaturas medias, fecha media de primera helada
y fecha media de última helada en el abrigo
meteorológico a 1,50 m y fecha media de primera
y última helada a 5 cm del suelo, brindan una
importante caracterización climática.
“El
objetivo de tales cartas es tener una referencia del
ambiente en el que vas a producir para que los riesgos
sean los menores posibles, conocer limitantes, requerimientos,
resistencias y tolerancias del lugar”, agregó
el ingeniero agrónomo Casagrande.
“Estadísticamente
se puede hacer una estimación desde 1921 en
adelante, pero ahora entran en juego los cambios que
ofrece la atmósfera”. Muchas reacciones
se combinan con la temperatura: presión, lluvias,
ocurrencia de los fenómenos. “Como las
reacciones químicas: a mayor temperatura, mayor
energía disponible. Los eventos extremos son
más frecuentes: lluvias muy elevadas o muy
pobres, veranos de calores fuertes o inviernos helados”,
explicó.
Suelo
y frontera agrícola
Según explicó Quiroga, en los
últimos quince años estuvimos frente
a un régimen hídrico favorable que nos
emparentó a una región subhúmeda.
Los cultivos anuales de producción de granos
crecieron en rendimiento, lo que provocó el
corrimiento de la frontera agrícola.
El
desplazamiento de las pasturas intensificó
la pérdida de materia orgánica y “no
se atendió la salud física del suelo
porque la presencia de agua subsanaba o enmascaraba
algunos problemas” marcó Quiroga.
A
su vez hubo un ascenso de las napas. Los cultivos
utilizaban aguas subsuperficiales además de
las precipitaciones.
Los menores niveles de precipitación y el aumento
de temperatura generan mayores requerimientos de agua,
por demanda tanto de la planta como de la atmósfera.
Hoy
las napas descienden, por eso la alerta a los productores
se dirige a no utilizar fertilizantes, genética
de alto potencial, y a no producir una alta densidad
de siembra porque “la tecnología no tiene
incidencia si el agua no cubre los requerimientos
del cultivo”.
Ganadería
y girasol
Desde el gobierno se propicia una toma de
conciencia y se intenta hacer un aporte a las decisiones
brindando metodologías de trabajo y técnicas
de manejo. “Nos interesa que la producción
sea sustentable y también sostenible en lo
económico, lo social, lo tecnológico,
cultural y productivo”, señala Enrique
Schmidt, subsecretario de Asuntos Agrarios
del Gobierno de la provincia de La Pampa (Arg.).
A partir de ahora es necesario considerar la disponibilidad
de agua subterránea y la profundidad a la que
llegan las raíces. “Una soja del grupo
corto puede explorar a 1,20 metros, un maíz
puede llegar hasta 1,80, pero el girasol puede alcanzar
los 2,50 metros”, puntualizó el ingeniero.
Considerar la implementación de un sistema
mixto que incluya a la ganadería tiene la ventaja
de que en las especies de tipo megatérmicas
(alfalfa o pasto llorón), las raíces
alcanzan profundidades de hasta cuatro metros y medio.
Hacia
el oeste, las oportunidades van a estar sólo
relacionadas con la producción de forraje.
Ernesto Viglizzo, de INTA y de la
Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UNLPam),
sostiene que pese a su menor productividad biológica
y económica, la ganadería “es
clave para configurar una estrategia anti-riesgo”.
El
recurso
La disminución del rendimiento de los cultivos
reducirá la producción de biomasa, de
grano y de forraje, y por ende, modificará
los niveles de materia orgánica en el suelo,
explica Quiroga.
Para suelos arenosos se pueden utilizar fertilizante.
Pero gran parte de nuestra provincia posee suelos
limosos que con la caída de materia orgánica
pierden estructura: al agua le cuesta entrar, a las
raíces del cultivo les cuesta explorar, y esto
no se soluciona con dinero invertido en fertilizantes.
Allí la estrategia es utilizar cultivos asociados
a las gramíneas (sorgo, maíz, trigo,
mijo, cebada), especies forrajeras que aportan residuos
y carbono.
En
algunos casos los procesos de degradación son
irreversibles. El gobierno, interesado en intervenir
desde una “política de Estado, para mantener
los recursos naturales para generaciones futuras”,
según manifestó Schmidt, se vale, entre
otras herramientas, de la Ley de Suelos.
Otro
aporte es el proyecto del GEF, que se implementa desde
el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), el INTA y los gobiernos de las provincias
patagónicas. El objetivo es aplicar sistemas
de alerta temprana, ver qué impactos sobre
la biodiversidad tienen los distintos usos del suelo
y disminuir los riesgos de desertificación.
“Se establecerá una red de estaciones
meteorológicas en toda la región, tanto
en los sectores públicos como en los privados”
explicó Marcelo Morandi, del
PNUD.
Cultural
Ernesto Viglizzo propone recuperar la noción
de marginalidad. Alberto Quiroga habla de retomar
habilidades, criterios y estrategias de generaciones
pasadas.
“En
la década del ´70, cuando las condiciones
eran semiáridas, el productor decía,
debo tener reservas de forraje equivalentes a los
requerimientos de un año y medio porque puedo
esperar que las cosas vengan mal”, expone Quiroga.
“Lo que se buscaba no era explorar sobre los
potenciales de producción asociados al uso
de tecnología, sino tener estabilidad”.
Fedra
Aimetta (periodista)
Bibiana González (ilus)
(inicio)
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