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El
regalo de las ballenas
Cuenta
la leyenda que una vez existió un hombre llamado
Katuaq, del pueblo Anatkuq, o lo que los angloparlantes
denominan pueblo Shaman. Un día, Katuaq no
salió de su iglú, lo que llamó
la atención de algunos curiosos que decidieron
entrar en su morada. Una vez dentro del iglú,
notaron que Katuaq estaba sentado, completamente tieso,
sin mover un músculo. No parpadeaba ni movía
su cabeza. No hacía más que respirar.
Esto no preocupó a los curiosos, ya que sabían
que su espíritu andaría viajando por
algún lado. Lo dejarían en paz hasta
que su espíritu decidiera regresar a su cuerpo.
El
espíritu de Katuaq viajó muy lejos,
hasta llegar a un claro entre los hielos donde se
habían reunido varias ballenas jorobadas. Allí,
las ballenas le entregaron una parka, un abrigo esquimal
de piel con capucha. Cuando Katuaq se puso la parka
tomó la apariencia de una ballena, aunque su
mente continuaba siendo la de un hombre. Katuaq pasó
aquel invierno junto a las ballenas jorobadas, viviendo
y comiendo como ellas lo hacían. Aprendió
sus costumbres y comenzó a comprenderlas. Fue
entonces que la primavera se avecinó y las
ballenas se prepararon para emigrar, desde lo que
hoy conocemos como el Mar de Bering hacia el estrecho
del mismo nombre, para entrar al Mar de Chukchi y
llegar finalmente al Mar de Beaufort. Durante la travesía,
las ballenas le dijeron a Katuaq que se encontrarían
seguramente con los cazadores, quienes esperarían
a bordo de sus umiaks, botes recubiertos con pieles.
Algunos umiaks tendrían una apariencia luminosa
y limpia, dignos de admiración para aquellos
que los contemplasen; otros, serían oscuros
y sucios. Si Katuaq deseara entregarse a un grupo
de cazadores, debía emerger cerca de un umiak
luminoso y limpio. Ese tipo de umiak pertenece a gente
respetuosa; gente que guarda consideración
por sus semejantes, que comparte el producto de su
caza con los huérfanos, viudas, ancianos, y
todos aquellos que no pueden cazar por sus propios
medios. Gente honesta. Gente que trata a otra gente
y a todos los animales con respeto.
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Durante
miles de años, en la región Artica
de Alaska, los esquimales de la tribu Iñupiat
han capturado ballenas jorobadas. La caza de
este mamífero constituye un ritual primordial
para su supervivencia, estrechando lazos entre
núcleos familiares y comunidades, mientras
que la carne sirve de alimento tanto al cuerpo
como al espíritu de este grupo étnico,
y son enteramente aprovechados sus huesos y
grasa.
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Las
esposas de los capitanes de estos umiaks se harían
cargo de limpiar y hacer lugar en sus celdas de hielo,
donde almacenan sus alimentos. Una vez que estos cazadores
removiesen la parka de una jorobada, la ballena se
sentiría satisfecha de saber que su parka sería
almacenada en un lugar limpio.
Sólo
a cazadores como éstos se entregaría
una ballena.
Los
umiaks oscuros y sucios pertenecen a gente egoísta,
que no comparte los frutos de su cacería; gente
haragana que jamás tendería una mano
solidaria a aquellos que necesitan ayuda.
Ninguna
ballena querría entregarse a estos cazadores.
Katuaq
no olvidaría nunca lo que las ballenas jorobadas
le enseñaron.
Las
ballenas luego le confesaron que habían traído
su espíritu hasta ellas para que Kanuaq le
transmitiese a todos los cazadores de su pueblo lo
que había aprendido; para que entonces los
cazadores no olvidaran jamás ser siempre respetuosos.
Katuaq
pudo continuar siendo una ballena, si así lo
deseaba, y unirse a la travesía junto a las
demás ballenas. No debía temer. Si habría
de entregarse a un umiak, su espíritu no moriría,
sino que retornaría para vestirse con una nueva
parka, como sucedía con todos los espíritus
de aquellas ballenas que se ofrecían a los
cazadores. Pero de ser así, su cuerpo humano
moriría. Podía quedarse a vivir entre
las ballenas para siempre, aunque a veces le tocara
ser foca, beluga, o quizás una morsa.
Si
Katuaq decidía retornar con su gente a la aldea
de Tikiak, sería necesario que se convirtiese
en un pato para poder regresar volando hasta ellos.
Katuaq
comenzó así la travesía junto
a las ballenas. Cuando el grupo se acercó a
Tikiak, decidió abandonar el grupo, se transformó
en un hermoso pato silvestre real y partió
volando.
Aterrizó
cerca de la aldea, mientras su gente dormía,
y adoptó nuevamente su apariencia humana.
Katuaq,
al día siguiente, le contó a su gente
acerca de su largo viaje y de todo lo que había
aprendido junto a las ballenas. Hasta el día
de hoy, los cazadores no olvidan que deben respetar
y honrar a las ballenas si pretenden recibir su parka.
Esta es una versión
condensada por Guillermo Puccio, de una historia del
pueblo Iñupiat, narrada por Ernie Frankson,
un capitán e historiador de Point Hope, Alaska
Ilustraciones: Bibiana González
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